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PRISIONERO DEL LLULLAY-LLACU

 Por el Dr. Eduardo Jorg

 Artículo publicado en el año 1960 en la Revista La Montaña  Número 1 - Pág. 32,33,34 y 68


            Sito en la provincia de Salta en el límite con Chile a 24º 40`de latitud y a 69º de meridiano al oeste de Greenwich se yergue el imponente Llullay-Llacu, uno de los más altos volcanes de nuestra cadena andina (6723), adusto y sombrío, eterno custodio del paso de Socompa hacia el Pacífico.

            Para llegar a su pié, partiendo del poblado de Tolar Grande en la línea del ferrocarril de Salta a Socompa, se sigue por ásperos y tortuosos caminos de la puna, bordeando el gran Salar de Arizaro, cruzando más de una centena de kilómetros de tierras inhóspitas donde sin embargo viven seres humanos arrancando a la tierra el tesoro mineral que esconde o arañando de su superficie la preciada sal comestible o simplemente vegetando allí en la misma soledad silenciosa y altiva del cóndor y con el mismo estoicismo rústico del pasto puna.

            Rodea al pie del Llullay-Llacu una corona irregular de conos volcánicos colaterales y siempre se dijo que dentro de uno de ellos se encontraría una caverna inmensa, un gigantesco hueco cónico en el corazón de la montaña, cuyo piso tendría centenares de metros de extensión y cuya altura era inconmensurable, pues su techo se habría de perder en la inmensidad del cerro que la aloja, chimenea de una cráter volcánico apagado.

            De la gruta nos habló en San Antonio de los Cobres por allá en el año 1932, un viejo baqueano Valeriano Pantoja, quien agregó que los más antiguos habitantes de la zona sabían por camino de la tradición que el gran cono hueco había sido alguna vez una “chúngara”  un enorme paradero de las grandes arrías de llamas que por ese lugar transitaban en procura del paso andino hacia Atacama en Chile.

            En su interior se habrían alojado arrías de ganado, su suelo aparentemente relleno de material de aluvión, estaba aplanado por el trotar de tantos cascos y aún se encontrarían allí depósitos de estiércol, pelaje y huesos mezclados al barro y como testigos del pasaje del hombre pictografías líticas, restos de fogones, fragmentos de cacharrería cerámica y otro materiales de factura manual.

            No habíamos llegado a San Antonio de los Cobres sino para realizar exploraciones sanitarias y estudios de ecología humana, pero enterarse nuestro jefe, Salvador Mazza, de la existencia de esta gruta y decidir llegarse a ella no requirió mucha reflexión.

            El encontrar tal caverna tenía una dificultad magna: la entrada a la gruta por la cual habrían penetrado hombres y bestias en tropel no se encontraba más cegada por enormes aludes de derrubio que se deslizaban por las laderas del cono. El gigante andino había querido ocultar al presente las huellas de los primeros dueños de aquella inmensidad.

            Nos dijo el paisano Pantoja que algunos indios viejos de Antofalla conocían pequeñas entradas accesorias, pero que sería difícil llevarlos, además algunas de ellas también se habrían bloqueado.

            Pero uno de nuestros ayudantes, el humahuaqueño Tilancho pudo arrancar a uno de los estólidos púnenos que hacia el este de un cañadón que corría al pie del Llullay-Llacu, había una entrada permanente a la gruta pues era el lecho de un arroyuelo de escasa agua que rezumaba desde el interior de la montaña. Para Mazza fue bastante. Dos días más tarde seis hombres entre ellos Pantoja estábamos en marcha.

            El viaje que daría tema para otro relato nos dejó al cabo de diez días al pié del Llullay-Llacu. Varias horas de paciente búsqueda en la pedregosa ladera costó hallar la boca del arroyuelo. Era una abertura chata de 50-60 cm de altura y de quizás un metro de ancho, irregular y erizada de filosas rocas quebradas, su fondo no justificaba la condición de arroyo más que por una cuarta de barro rojo sobre un fondo rocoso.

            ¿Quién entra primero?. Voluntariamente lo hizo el flaco Reales, un salteño de Luracatao, el más anguila de los seis, y hombre de montaña. Atada a su cintura una cuerda de cáñamo de tres cuartos de pulgada con un fuerte lazo hace de guía.

            Bien pronto la montaña se tragó al valiente y recién cuando habían pasado algo más de 5 metros de cuerda, esta se detuvo y a través del estrecho túnel se oyó la voz del ozo quien hizo saber: “ Es la cueva nomás”. “Lárguense que la boca se abre más hacia adentro”.

            Se decidió que dos hombres quedaran afuera y que los demás entrarían a la gruta en última instancia y con el equipo fotográfico y cinematográfico en una bolsa impermeable y acolchada. Todo fue bien hasta que me tocó el turno. La boca del túnel era demasiado justa para mi voluminosa figura y solo a costa de tirones y una embarrada mayúscula contra el lecho del arroyuelo pude desplazarme hacia adentro del cerro: pasados los primeros tres metros del túnel, este se ensanchaba algo y el pasaje fue más fácil.

            ¡allí estábamos!. La inmensa caverna cuyo piso configura un óvalo que apunta al NE. y cuyo largo máximo llega a los 560 metros se mostró efectivamente como un enorme cono, casi un cilindro, cuyo límite superior no era visible pues el haz de luz de nuestras más poderosas linternas de 7 elementos voltaicos, que fácilmente llegaban  a 500-600 metros se perdían en el vacío. Por alguna grieta oblicua en las alturas se filtraba un tenue y neblinoso haz de luz diurna que no alcanzaba a disipar la lóbrega  oscuridad del pétreo recinto.

            Si bien grandiosa es su conformación, aquella catedral del silencio y las tinieblas se mostró negativa en sus aspectos arqueológicos y antropológicos, quizás por insuficiente exploración de nuestra parte.

            El ambiente era frío, pero húmedo y sofocante. Se advertía que el aire de la caverna no se renovaba por falta de circulación. La pared del cono estaba recubierta por una viscosa capa de líquenes y algas: fue imposible descubrir el menos rastro de pictografías. El piso sobre el que corría explayado el barroso arroyuelo cuyo curso habíamos seguido para penetrar en la caverna, solo en partes era seco y firme; en varias partes era pantanoso con limo pesado que se adhería en pelotones a nuestros borceguíes. Una parte del semicírculo NO. tenía piso firme y seco; allí encontramos efectivamente acumulaciones de estiércol, más tarde identificadas como de llama y de mula igualmente escasos restos de una tosca alfarería, pero nada más, salvo un botón vulgar y el resto de una lata de conservas, testimonios de que no solo indios se habían refugiado allí.

            Hicimos un croquis a brújula y cable métrico de la planta de la caverna, tomamos numerosas fotografías y una tira cinematográfica a la luz de  una antorcha de magnesio y nos decidimos a  abandonar la gruta. Habíamos entrado poco antes del mediodía y serían entonces las 17. Salieron todos mis compañeros por el túnel, paso la bolsa acolchada con las cámaras, instrumentos grandes, linternas, etc, y me apresté a la travesía.

            Al llegar a la mitad del túnel, súbitamente me atasqué; no supe si mal orientado mi cuerpo o quizás distendido por el sofocón no pude avanzar más. Se me alargó una segunda cuerda. ¡ Imposible avanzar!. Una aguda y filosa punta de roca se me clavaba en la espalada a tal punto que el último tirón me hizo tiras la camisa y me produjo una profunda herida desgarrada en la espalda. Me alcanzaron una de las fuertes zapas-picos de escalar montañas para que tratara de picar la roca y eliminar el obstáculo. Me acomodé acostado de lado en la parte más ancha del túnel y empecé a castigar con furia la saliente de roca con la zapa. Alos pocos minutos tuve la sensación por el ruido del impacto, cada vez más sordo que la roca saliente se  desprendería. Introduje la zapa en una grieta que flanqueaba el saliente e hice palanca. Siguió un sordo estruendo, un remedo de trueno y una laja inmensa, bloque de tamaño incalculable se soltó, cerrando casi por completo el estrecho pasaje. Algunos crujidos más y un ruido alejado de aluvión; la boca del túnel se oscureció por completo y luego silencio absoluto en mi derredor. ¡Prisionero del Llullay-Llacu! Me invadió súbitamente una desesperación incontenible, una angustia tremenda de invalidez e incapacidad ante la fuerza de la naturaleza frente al mudo y supremo poder megalítico de la montaña que con un simple guijarro me separaba del resto del mundo, quizás del resto de la vida. Desfilaron ante mi en cinematográfica kaleidoscopia nuestro laboratorio en Jujuy, mi casa en Buenos Aires, la figura de mi madre sentada ante la mesa de nuestra casa, mi novia morena y delgada, un gran amigo, el negro Juan Alberto entre papeles de trabajo, todo con una fidelidad fotográfica asombrosa, recordé en vertiginosa sucesión miles de detalles de mi vida: un taje nuevo, un frasco de agua de colonia penetrante, el aroma de cigarrillos jujeños que me acababan de obsequiar, y así no se cuanto tiempo , hasta que me di cuenta que estaba invadido de un miedo horroroso, ciego e inerte de pánico.

            Poco a poco me fui serenado y decidí entrar en acción antes de que pudiera desfallecer. Nuestra expedición no llevaba explosivos y tardarían tres días en llegar a la mina más cercana para conseguirlos. No podía depender de esa contingencia para salvarme; era imperioso que hiciera algo, adelantándome a cualquier esfuerzo de mis compañeros.

            Fuera dela zapa-pico no llevaba encima más que un cuchillo de monte, una pequeña brújula Bezard y una linternita chata de bolsillo. Rehice mentalmente el plano de la caverna que yo mismo había trazado antes y decidí explorar palmo a palmo la pared en busca de otra salida. Hice una marca muy visible en la partida y tras algo más de 2000 pasos llegué de vuelta sin haber encontrado más que la superficie mojada y viscosa del muro de piedra.

            La exploración me había dejado cansado y me senté en el suelo: al apoyar una mano toqué unos pelotones de consistencia blanduzca y al iluminarlo vi que era estiércol de mulas. En ese momento me surgió súbitamente un pensamiento:¿ Qué se hizo de la entrada a la caverna, por la cual habían entrado arrías de mulas y llamas? ¿Cómo se había cegado ese camino? A la luz de mi linterna tracé sobre el suelo un grosero croquis de la caverna y traté de situar la misma en relación a la configuración exterior de la montaña: al S. Y al O. La caverna entraba en el macizo pétreo del Llullay-Llacu, al E. Daba con un cañadón lleno de pedruscos al cual desembocaba el arroyuelo del túnel, al N. La caverna estaba limitada por una pared rocosa que casi verticalmente seguía al fondo de un precipicio, pero al N.E. había una superficie llana, una cornisa irregular que podía haber sido el acceso.

            Con la mayor concentración que me lo permitía el desbaratado estado de ánimo, traté de trasladar, sobre la pared de la caverna, la zona que correspondía a la cornisa y tras varios tanteos, afortunadamente mi pequeña brújula era visible en la oscuridad, me orienté sobre una parte de la pared rocosa que en nada se diferenciaba del resto del cuerpo de la montaña.

            Pero repitiendo el examen, palmo por palmo, encontré una especie de saliente, un lomo vertical que empecé a  atacar con la zapa-pico. Aparentemente todo era piedra y el pico rebotaba desprendiendo chispas, pero insistiendo en el ataque, la punta del pico calzó en algo blando; hice palanca y se desprendió un pedrusco de unos 30 cm. de diámetro dejando un hueco barroso. Arremetí entonces con furia y fui labrando poco a poco un hueco en lo que parecía ser un tapón de la entrada, apretujada masa de preduscos aglutinados por un limo arcillosos, evidentemente material de aluvión. No llevaba encima reloj, pero por intuición fui calculando que avanzaba a razón de algo asó como un metro por hora, labrando un hueco por el que pasaba más o menos holgadamente. Pude establecer que me estaba abriendo paso a lo largo de una grieta de la montaña pues el paso no tenía más de 1.5 m. de ancho entre dos paredes de granito. Cada tanto parte de la bóveda del hueco que yo labraba se desmoronaba y en dos oportunidades creí que el final de mi esfuerzo sería quedar sepultado bajo el pedrerío que se me venía encima.

            Había avanzado unos 5-6 metros. En ese momento se me ocurrió reflexionar que yo luchaba contra una incógnita: ¿Qué espesor tenía la pared de derrubio que obturaba la grieta?. Seguro que no menos de 10-15 metros que era el grueso cascarón de montaña en lo largo del túnel por el que habíamos entrado. Pero era posible que por fuera de la ladera se hubieran acumulado otros tantos metros de material de aluvión. ¿Tendría objeto seguir cavando?. No pude pensarlo, pues me sentí impulsado irrefrenablemente a seguir dando golpes de pico hasta agotar las posibilidades de avance. Así, metros a metro, cada vez más lento, hasta que los brazos languidecían no queriendo obedecer más: tenía la boca seca al extremo por el esfuerzo y la tensión nerviosa. Me resultaba cada vez más penoso tenerme de pie sobre la masa de piedras que yo mismo iba arrancando y desmenuzando. Llegó un momento en que se me fue imposible continuar: caí al suelo y quedé instantáneamente sin sentido. He pensado muchas veces que, si de esta manera hubiera muerto por agotamiento ¡cuán leve y sin transición de sufrimiento hubiera sido! .

            Cuando desperté estaba envarado y tardé largo tiempo en recuperar la movilidad y las fuerzas. El ambiente sofocante del túnel que había cavado era insoportable: me volví a la caverna, busqué un hilo de agua que caía por la pared y traté de refrescarme con aquella humedad salobre.

            En ese momento oí un lejano y sordo estruendo, extrañamente retumbante en la caverna. ¡Una explosión!. Significaba que mis compañeros estaban tratando de volar alguna parte de la caverna, pero ¿dónde?. Volvía al ataque en mi túnel en la espera de oír nuevamente alguna detonación que me orientara sobre la posición de mis amigos. Sin embargo ella no se repitió. Continué cavando furiosamente sin detenerme, con obstinación suicida tratando de dar golpes de pico cada vez más fuerte. Súbitamente asesté un golpe desesperado y se me vino encima un alud de piedras. Casi semisepultado, volví a perder el sentido a medias.

            Me recobré aturdido, maltrecho y creí que alucinado por el golpe, pues veía en torno mío una leve claridad. Pero no me engañaba; a la vista de la luz siguió una voz conocida. ¡Puco! ¿Estáis allí?. Era el grito de Tilancho. Me incorporé y me lancé hacia la claridad: habíase fraguado una tortuosa abertura a través del tapón de piedras que llenaba las grieta, pero aún no podía salir a la luz. Quise contestar y solo me salió un ronco gruñido. Pero los golpes de la piqueta dieron a entender que yo estaba allí. Del otro lado contestó un vigoroso concierto metálico de herramientas e imprecaciones collas y media hora más tarde me lavaban la cara con una cantimplora a la luz del sol, mientras el Llullay-Llacu permanecía impávido ante la aventura de las hormigas humanas que se habían aventurado a su corazón.

            ¿Qué había sucedido?. Mazza había reflexionado en igual forma que yo y había hecho atacar a pico y pala el alud de piedras y derrubio aluviar que bloqueaba la entrada a la caverna y al llegar a la grieta en la piedra viva habían despejado el camino haciendo detonar el único cartucho de dinamita que nuestro baqueano, un viejo hombre de la zona, siempre llevaba encima “por lo que pudiera”.

            Embarrado por los cuatro lados, con la ropa hecha jirones, excoriado, sangrante y magullado, los mozos de mano de nuestra expedición reían a mandíbula batiente de mi malparada figura de explorador científico.

            Nuestro jefe, el viejo “Mazza” cambió sus anteojos de ver a distancia por los de leer y al tiempo de hacer una anotación en su libro de viaje, me dijo: “Nos hemos retrasado quince horas: conviene que enflaquezca si vamos a  seguir con trabajos de esta suerte”.

            Cuando en el camino de vuelta la figura del Llullay-Llacu se iba perdiendo oculta en la rojiza sombra crepuscular del macizo andino su cumbre se me antojó más amenazante y fiera que cuando a él arribáramos, como si fuera la Upamarca, la prisión del alma de la montaña y quizás fuera así, porque esta vez la presa se le había escapado.


El autor de este artículo, médico, biólogo y naturalista, perteneció durante 15 años a La Misión de Estudios de Patología Regional de la Universidad de Buenos Aires que estuvo sita en Jujuy hasta 1945. Durante ese período y por razones de investigaciones epidemiológicas, antropológicas y climatológicas viajó en múltiples oportunidades por la zona andina de Salta y Jujuy, acompañando a su jefe, el extinto Profesor Salvador Mazza, ilustre personalidad de la investigación epidemiológica  y en expediciones vinculadas a problemas sanitarios de la región. Este relato refiere una de las múltiples peripecias que tales viajes siempre llenos de sorpresas, le depararan